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Vendetta/Capítulo 01: Capítulo Uno

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Vendetta/Capítulo 01: Capítulo UnoEditar

Vendetta - 01.png

Esto comienza así:Editar

Lo ideal para comenzar a escribir mi historia sería presentándome, ¿no? No sería muy buena idea dando mi historia sin conocer al menos mi nombre. Brett, ese es mi nombre. Seguro que ahora les interesará saber de donde provengo o donde vivo. Bien, se podría decir que provengo de un mundo más allá de las nubes; la mayor parte de mis aventuras transcurren en un mundo realmente conocido por ustedes, con un gran castillo y pradera; me enamoré de un mundo muy oscuro accesible por un gran desierto; la mejor vida que tuve transcurre en un mundo paralelo al segundo mundo mencionado; pero mi hogar… mi actual hogar y lugar donde me crié y crecí transcurre en un mundo que ustedes conocen perfectamente. Es un mundo altamente distinto a todos los mundos visitados por mí y ya los mencionados.

Yo no sabría describirme en una sola palabra. No puedo encontrar la palabra clave que me describa. No me gusta perder en una “guerra”. Algunas personas me han dicho bipolar o patético. También me decían “chico bullying”, pero ahora ya no. Muchos se reían de mí y de mis actos, yo solo las ignoraba. No me importaba lo que decían de mí, pero sí me importaba absolutamente el tema de meterse con mi familia o físicamente contra mí. Sin embargo, siempre terminaba en derrotas, derrotas y derrotas. Nunca llegaba feliz a mi “hogar”.

Los mundos que he visitado son realmente maravillosos, crueles, oscuros, aburridos, etcétera. Solo uno me llamó la atención: mi mundo. Un mundo creado por mí mismo. Un mundo en donde yo reino. Donde solo yo vivo. Nadie me habla. Nadie me toca. Nadie me mira. Un lugar completamente solitario, perfecto para mí. Mi forma de pensar nunca ha coincidido con las personas que encuentro a mi alrededor. En todos los mundos que visité no pude llegar a encontrar una persona única y exclusivamente para mí. Que me entienda. Me comprenda. Sí, es difícil encontrar a una chica así.

¡Ah! Se me había olvidado… actualmente tengo 23 años de edad. Sí, muy joven. Contaré lo que viví desde que era un pequeño niño hasta más menos la actualidad. Tal vez no incluya hechos demasiado recientes. No son muy importantes. Lo que me importa es que entiendan el mensaje que les dejo con esta historia. Este fan-fiction parecerá más un libro. Un libro de un muchacho relatando hechos de su vida y transmitirlo a toda la gente del mundo que sea posible. Porque sí, el tema es algo duro en este fan-fiction. Un tema que es debatido y difícil de darle una solución.

Partiré esta historia contando hechos de mi vida que ocurrieron cuando era niño. A ver, tenía cinco años en ese entonces. Vivía con mis padres, los cuales tenían de nombre: Roberth Fernando Alvarado Triviño, mi padre, y María José del Carmen Guzmán Müller, mi madre. Raramente mi padre tenía de nombre principal un nombre inglés. A mí me pusieron de nombre Brett Javier. Por los apellidos de los padres quedaría: Brett Javier Alvarado Guzmán. No sé, pero a mi gusto suena feo el nombre. “Brett Javier”… no tiene una tonalidad llamativa. También estaba mi abuela, la madre de mi padre, quien se llamaba Eliana Luz Triviño Carrera. Su esposo, Gustavo Manuel Alvarado Toledo, falleció cuando yo tenía tan solo dos años de edad, por lo que no alcancé a conocerlo, pero él si a mí. Con eso me pongo satisfecho. En la casa en que vivíamos, vivía de colado el hermano de mi abuela de esa casa, Gastón Renato Triviño Carrera, quien en esa época aún estaba en “años dorados” con nuestra familia. Como les dije en el primer párrafo de este capítulo, provengo de un lugar que está más allá de las nubes. Sin embargo, crecí y me crié en un mundo que ustedes y yo conocemos perfectamente. Vivo en un planeta llamado Tierra. En el continente Latinoamericano. En el país que parece una lombriz al lado de Argentina. Un país que comparte grandes cambios climáticos: el desierto más árido del mundo, un gran océano, un lugar realmente helado (Polo Sur), grandes montañas y volcanes, bosques, etcétera. Este país se llama Chile. Un país realmente diferente a los otros países de Latinoamérica y muy, pero MUY diferente a los países de Europa, Asia y África.

Conozcamos algo de Chile: éste país se divide en 15 partes, las cuales se denominan regiones. Yo vivo en la décima región, la Región de Los Lagos. La ciudad más importante de esta región es Puerto Montt, ciudad que ya he visitado. Más al norte de Puerto Montt está Frutillar, Puerto Varas y Purranque, pequeños poblados que están en medio de la carretera que conecta Puerto Montt con mi ciudad, Osorno. A mi punto de vista, Osorno es más limpio y bello que Puerto Montt, pero más chico y un poco menos desarrollado. Más al norte de Osorno está Valdivia, que en ese tiempo compartía con Osorno y Puerto Montt, incluyéndose en la Región de Los Lagos, pero un día pasó algo y Valdivia quedó como ciudad principal de una nueva región. No me interesaba. No tomé atención a esa noticia. Ni siquiera conocía Valdivia.

Osorno, qué bella ciudad. Estoy agradecido de haber vivido en esa ciudad y no en Santiago, la capital de Chile, donde en ese lugar hay un crimen, robo y accidente todos los malditos días. Como yo suelo decir, en esa ciudad no se puede vivir tranquilo. Osorno es una ciudad tranquila donde solo hay un robo o un accidente dos días a la semana y unos pocos crímenes en el mes, algo realmente tranquilo en comparación con Santiago u otras ciudades. Yo vivo en una calle que casi nadie conoce: Pedro Lagos. Osorno se divide en sectores: Rahue bajo y Rahue alto, Ovejería bajo y Ovejería alto, Francke y Francke Colbe, Pilauco, Los Notros, El Bosque y el sector más conocido por todos: el “Centro”. Se podría decir que en los sectores de Rahue y Francke, vive la gente más humilde y donde hay más delincuencia en la ciudad. En los dos sectores de Ovejería son más tranquilos, al igual que Pilauco. Mientras que en el sector de Francke Colbe y Los Notros vive la gente con dinero y mucho más tranquila. El sector de “El Bosque” no lo conozco. Nunca en mi vida he ido allí. Lamentablemente, yo vivo en el sector de Francke. Sin embargo, vivo en la entrada de Francke, por lo que no alcanzo a toparme con esa gente que con solo la apariencia se ve con malas intenciones. Obviamente, en el Centro está todo: locales de comida rápida, ropas, supermercados, un Mall, tiendas, fashion, establecimientos escolares, etcétera. Está todo allí. En algunos sectores también tienen sus propios establecimientos escolares, pero no les va muy bien, que digamos.

Bien, volvamos con mi vida. Yo vivo con mi familia ya nombrada en la entrada del sector Francke de Osorno. Estudié en la educación básica en un colegio llamado “Adolfo Kolping”, en honor a un antiguo sacerdote con ese mismo nombre. Me temo que eso de “básica” no lo habrán entendido muy bien… esto es debido a que la educación chilena es muy diferente al resto. Todos los otros les llaman “primaria”, “secundaria” y “universidad”. Acá se le dice educación “básica”, “media” y “superior”. La “Enseñanza Básica” comienza desde los 6 años de edad hasta los 13 años de edad. ¿Por qué? Cuando uno tiene 6 años estará en “Primero Básico”, luego “Segundo Básico”, “Tercero Básico”… hasta llegar a “Octavo Básico” con 13 años (algunos terminan con otras edades porque reprueban). Luego, el estudiante debe postular a un Liceo (secundaria), donde comienza la “Enseñanza Media”. Aquí uno debería entrar con 14 años y debería salir con 17 años de edad; “Primero Medio”, “Segundo Medio”, “Tercero Medio” (para muchos el más difícil) y “Cuarto Medio”. En cuarto medio, el estudiante debe dar la “Prueba de Selección Universitaria”, más conocida como PSU. Aquí uno debe dar lo máximo del estudiante, dando una prueba de Lenguaje y Comunicación, otra de Matemáticas (estas dos son obligatorias), y una última será, como opcional, de “Historia y Ciencias Sociales” o algo relacionado con el área científico, como Química, Biología y Física. Sin embargo, en algunos establecimientos no dan la prueba opcional. Con estas pruebas se saca un puntaje, las notas/calificaciones de la enseñanza media también se saca en puntaje, y estas se promedian con el puntaje de la PSU junto a otros puntajes. Si da más de 550 puntos en total, un alumno podría estar entrando a la Universidad, o sea, la “Enseñanza Superior”. Sin embargo, hay ciertas carreras de estudio que piden más de 550 puntos, incluso más de 650, algo muy difícil, y unas pocas carreras que piden menos de 550 puntos, pero no más bajo de 500. No hay que olvidar que para estudiar en una Universidad se necesita dinero y mucho.

Bueno, ya les expliqué el funcionamiento de todo esto. Como yo no voy a la Universidad, no conozco su funcionamiento. Y bien, yo no escribí todo lo anterior solo para “adornar” el capítulo. Estoy realmente seguro que esa información te ayudará para entender algunas partes de la historia, así que tenlo en cuenta. Yo entré al “Adolfo Kolping” cuando tenía tan solo cinco años de edad. Aquí no comienzo con “Primero Básico”, sino que comienzo con algo previo a la enseñanza básica, “Kinder”. También está el “Prekinder”, que les hace a los niños de cuatro años. En el “Kinder” te hacen hacer dibujos, hace que fortalezcas un poco la creatividad y el pulso de tu mano, aprender a hablar y escribir, entre otras cosas y unas tantas actividades típicas para niños. Esa edad es genial, ya que ningún niño te molesta por defectos físicos o psicológicos. Todos lo pasan bien, todos ríen, todos son amigos… Genial.

Al tener seis años de edad comencé con la enseñanza básica. En ese año no pasó nada en especial, por lo que recuerdo, tampoco en el siguiente año, pero cuando llegué a tercero básico… Vale. Ahí tenía ocho años de edad y los demás niños comenzaban a darse cuenta de los defectos de cada persona. Yo era muy malo para jugar fútbol, no dominaba el balón en absoluto. Por ello, todos se reían de mí cuando intentaba jugar. Lo peor de todo es que me ponían de arquero y recibía los pelotazos en la cara. Salía llorando y los demás llegaban a revolcarse en el suelo por tanta risa, literalmente. También sufría tartamudez, por lo que cuando me ponía nervioso tartamudeaba y los demás reían. Nunca olvidaré aquella vez…

- Oye, Brett, ¿a qué hora te toca disertar? – me dijo aquél chico en tono burlesco.
- Emm… N-no-no sé. ¿Po-por qué? – le contesté.
- Pa-para reírme e-en t-tu cara cua-cuando disertes. – me contestó aún más burlesco y riendo junto a sus amigos, esta vez.

Después de eso, yo agaché la cabeza mirando hacia un lado y el muy imbécil me da un empujón dejándome caer fuertemente en el cemento. El tipo se va riendo y yo quedo llorando en el suelo hasta que la inspectora del colegio me encuentra, me va a buscar y me lleva a enfermería. “Que débil”… como era tan solo un niño y no era capaz de expresarme en situaciones duras como esas, no supe como explicarle a la inspectora de lo que ocurría. Sí, un error grave. Si hubiera dicho todo desde un principio, tal vez ese imbécil no hubiera seguido molestando.

Comenzaré a recordar el tal Marcelo. Si… Marcelo Carrasco. Qué chico tan insoportable. Nunca olvidaré lo que me hizo. Un día tranquilo, en un recreo, había ido al baño por tener unas fuertes ganas de orinar. Estaba jugando a las escondidas con un pequeño grupo de “amigos” que tenía en ese tiempo. Yo dije que me detendré de jugar un rato porque iba al baño. En ese grupo de “amigos” estaba Marcelo, apodado “El Polo” o “Polilla”. Según todos, El Polo le surgió la idea de encerrarme en el baño junto al grupo de chicos que jugaba a las escondidas. Yo me dirigí al baño. Todo normal. Sin tener previsto aquél ataque. Cuando terminé de orinar, fui a lavarme las manos. Mientras me lavaba, la puerta del gran baño se cerró con fuerza y se escucharon risas y murmullos en el otro lado de la puerta. Yo fui corriendo desesperado a la puerta para abrirla, pero era una misión imposible. Yo comencé a gritar desesperadamente, y mientras gritaba se escuchaban las risas de los niños y algunos gritos repitiendo lo que yo decía pero agregándole tartamudez solo para joderme. Finalmente, me rendí, me senté en el suelo y eché a llorar por el susto de estar encerrado. Las risas y gritos de burlas aún se escuchaban con un tono fuerte. Finalmente, pasó un buen rato y las risas se fueron alejando hasta que no se escuchó ni un murmullo. Me levanté, abrí la puerta y ahí estaba Marcelo junto a su mejor amiga de ese tiempo (actual novia), quienes me echaron un balde de agua fría. No sabía de donde sacaron el agua, pero me di cuenta que fue por el baño de mujeres. ¿El balde? De los baldes de limpieza. Cuando recibí ese gran chapuzón, empujé a Marcelo, pero su amiga me empujó y Marcelo aprovechó la ocasión para golpearme… fue la primera vez que recibí un golpe. Caí al suelo, rendido, me siguió golpeando y volví a echar a llorar. Antes de irse riendo, me pusieron el balde en la cabeza. Me quité el balde muy enojado y lo lancé lejos. Para la sorpresa, un par de niñas me vieron y también salieron riendo, pero un poco más discretas. En ese tiempo fue cuando aún tenía ocho años de edad. Nunca olvidaré ese acontecimiento. Jamás.

¿¡Y cómo no!? ¿Cómo olvidar a Javiera, la “Traicionera”? Yo creo que ella fue quien me humilló más duramente que “El Polo”. Esto fue un año después del acontecimiento anterior. Todo comenzó en un día de agosto. Recuerdo perfectamente ese día porque estaba resfriado y siempre me resfrío en ese mes. Un día, mientras estaba en clases, esta niña llamada Javiera se acercó a mí para conocerme y hacernos “amigos”. En ese tiempo, la tartamudez ya había desaparecido un poco más, así que no tenía tanto problema para expresarme cuando estaba nervioso. Y bien. Me cayó bien desde el principio y decidimos hacernos “amigos”. Ella me acompañaba en cada recreo y conversábamos de varias cosas. Casi siempre era ella quien comenzaba una conversación. Reíamos, jugábamos, hasta almorzábamos juntos. Nos ayudábamos en los exámenes. Todo bien. Hasta que llegó el “Día Negro” en octubre de ese mismo año. Ya con total confianza, me invitó a jugar a “La Chola”. El juego consiste en que debes correr por todos lados evitando que la otra persona te toque diciendo “Chola”. Si la otra persona hace eso hacia ti, tú deberás buscar a otra persona o a la misma para hacerle lo mismo. Bien. Yo creo que esto lo tuvieron todo planeado la Javiera y Francisco, mi mayor enemigo que en ese tiempo aún no lo era. Mientras jugábamos a ese juego, Francisco jugaba fútbol con su grupo de amigos. Yo y Javiera corríamos por casi todo el patio, evitando los pelotazos que venían. Sin embargo, mientras yo corría, Paolo dio un pelotazo preciso hacia mi cara, por lo que caí al suelo inmediatamente. Después de todo esto, unos pocos chicos fueron donde mí por preocupación, mientras que Francisco y Marcelo se acercaban riendo junto con unos cuantos chicos más, incluso “dándose los cinco”. Cuando estaba en el suelo, comencé a llamar a Javiera. Como estaba asustado por el golpe, yo tartamudaba como nunca antes, por lo que los chicos me molestaban más. De pronto, Javiera comenzó a acercarse hacia mí y el grupo de amigos. Yo sonreí al verla, pero ella estaba riendo más que los demás chicos. Entonces, mi rostro de felicidad cambió drásticamente. Todo esto sucedió en medio del patio del colegio, en frente de todos los estudiantes. Digo que estaba planeado porque Javiera “dio los cinco” con Francisco y justo en ese instante, la inspectora no estaba para que me revisara. Mientras yo miraba a Javiera con rostro defraudado y de alguien profundamente traicionado, todos se reían de mí y burlaban. Esta vez no eché a llorar, simplemente quedé “perdido”. Cuando salimos de clases, Javiera me dijo algo, pero no logré tomarle atención, por lo que no sé que dijo. Desde ese día, nunca más le hablé. Sin embargo, después de todo, al llegar a casa, como siempre decía que me fue bien, estudié, jugué con amigos, etcétera. En algún momento, cuando estaba en el baño, recordé el momento que había pasado y eché a llorar.

Estos fueron las dos principales humillaciones que tuve en época de 6 a 9 años de edad. Gracias a esta última, comencé a ver a la gente de una forma distinta. Comencé a no confiar en ellas. Ya no quería tener amigos. Recuerdo que otro día de ese mismo año, otra niña se acercó a mí, de una forma parecida a la de “La Traicionera”, pero no le hice caso y me fui. Ella me gritaba diciendo que regresara a ella porque quería que seamos amigos, pero yo ni siquiera me volteé. Solo caminé al aula de clases y quedarme ahí en todo el recreo. O mejor dicho, todo el día. Y así fueron mis rutinas a lo largo de la semana. Del mes. Del resto del año.

Mi comportamiento cambió bruscamente. Lo sé y me doy cuenta ahora. En esa edad hacía lo primero que se me venía a la mente. Era tan pequeño y todo fue tan traumante que no tenía el valor suficiente para decirle estos casos al director del establecimiento, a un inspector, a un/a profesor/a, a mi familia. Solo quería tener esos recuerdos en mi propia memoria. No quería que nadie supiera mis humillaciones. Tenía miedo de que risas por todo el colegio lleguen al verme. Risas de los profesores. Risas de los inspectores y del director. Risas e inclusos castigos de mi propia familia…

¡La familia! Ésta me ama y me odia. Mi familia me quiere. Me quiere golpear por sacar malas calificaciones. Mi abuela se enoja mucho. Mi padre es el gruñón. Mi madre es la sonriente, pero malévola al enojarse. Aún recuerdo sus personalidades. El hermano de mi abuela aún comía y vivía “gratis” en la casa. Yo era muy unido a mi familia, hasta que comenzaron a ponerse agresivos. Me aparté de ellos como lo hice con la gente del colegio. Yo creo que si les llegara a contar lo que sucedió en esos días, estos no me harían caso. Tal vez mi madre podría dar la cara, pero solo habría un 15%. Nada. Para mí eso era y es nada.

Recuerdo aquella vez que yo tenía ocho años de edad. Mi madre había ido a la reunión de padres del colegio, donde se daría la primera entrega de calificaciones del año. Eso fue en mayo. Yo no iba muy bien en el colegio. Tenía más de una calificación mala. Es entonces cuando mi madre vio aquellas calificaciones feas y fue a la casa solo para decirme y hacerme cosas que no olvidaría. Recuerdo que en el momento en que ella llegó del colegio, yo estaba jugando con unos autitos de carreras junto a una autopista de Hot Wheels. Sentí el fuerte portazo de la puerta principal. Ella caminaba rápido y podía sentir que me buscaba. Mi madre revisó todos los rincones del primer piso, hasta que decidió buscarme en el segundo piso. Allí me encontró. Yo junto a la autopista y los autitos. Ella se veía realmente enojada. Patea con furia y parte en mil pedazos la autopista. Autitos volaban por todas partes. De un momento a otro yo estaba recostado en la cama mirando a mi madre como me decía cosas feas, mezclando el tema con las notas y mi comportamiento en el colegio. Raro, yo me portaba bien. ¿Acaso no les gusta que esté muy tranquilo? Mi madre decía insultos, palabras feas y groserías. Gritaba. En más de una ocasión sentía que su mano tocaba bruscamente con mi cuerpo. Eran golpes. Yo estaba asustado. Después de un rato de furia, lanzó el papel de mis calificaciones y se marchó del cuarto. Me dejó castigado sin juguetes a partir del otro día. Yo eché a llorar de los sustos y del dolor de los golpes, no de mis calificaciones. No solo del dolor de los golpes, también del dolor que dejó mi madre dentro de mí al comportarse así. Nunca fue así conmigo. Fue la primera vez.

Desde aquella vez comencé a ver a mi madre de otra manera. Ya no era la típica mujer que se dejaba dar abrazos conmigo cuando quiera. No era la mujer de las cosquillas diarias. Era otra persona. Daba miedo. Tardó más de una semana en que su comportamiento se restablezca conmigo, pero mi comportamiento de aquella vez no cambió. Comencé a ser más frío. Y por ello comencé a tener una actitud aún más diferente en el colegio. Todo fue de mal en peor. Mi abuela también se ha enojado conmigo, pero no me decía palabras feas ni groserías. Mi padre me golpeaba ciertas veces con el cinturón cuando me portaba mal o tenía malas calificaciones. Mi madre hacía lo mismo de siempre. Pero me acostumbraba. Ya me estaba acostumbrando a sus pataletas. Ya estaba preparado para los golpes después de que mis padres se enteren de mis notas.

“Todo sucede por algo”, me decía el hermano de mi abuela. En mis pensamientos me decía: “Oh, genial. Me dan palizas y todo para que aprenda a hacerlo con mis futuros hijos. ¡Genial!”. Ese hombre, o tío le llamo yo, es muy bueno para leer. Es muy curioso y sabe muchas cosas. Tiene una gran capacidad para sacar conclusiones o resolver puzzles. Bueno… tenía, creo. Ese tío me ayudó bastante en algunos trabajos de investigación. El signo de zodíaco decía que yo no era muy compatible con él, por eso será que nunca llegamos a entablar una buena relación. Siempre fuimos lejanos, con un simple saludo o un “¿cómo estás?”. Aún así, reconozco que es un gran hombre. Alguien genial. Yo soy de signo Aries. Él era Acuario. Mi madre era Virgo. Mi padre Escorpio. Mi abuela Géminis. Mientras que mi hermano menor Sagitario.

Mi hermano menor nació gracias a mí. Cuando cumplí los siete años de edad, un 21 de marzo, les pedí a mis padres si me pudieran dar como regalo un hermano. Yo era hijo único y me aburría bastante al estar solo. Siempre jugaba con juguetes, con amigos imaginarios, pero hacía falta una pequeña persona que me acompañe en esos juegos. Mis padres no tenían tiempo. Mi abuela y su hermano no eran para ese estilo. No tengo amigos reales. Así que… solo quedaría un hermano, ¿no? La razón fue fácil. El nueve de diciembre de ese mismo año, nació mi hermano. Le colocamos de nombre Mateo. Lo bueno es que tenía un hermano menor y podía entretenerme. Lo malo es que nació en una fecha mala. Nació cuando se venía la Navidad, el aniversario de año nuevo… Pero lo peor fue que nació en la fecha de Sagitario. Sagitario y Aries no son muy compatibles, que digamos… Esa sería la razón del porqué no teníamos una muy buena convivencia.

En fin. Tuve un hermano y era feliz. Aún tenía siete años de edad. Todo cambia cuando ya tenía nueve años. Aquel cumpleaños Nº 2 de mi hermano menor fue extraño, a mi gusto. Habían llegado todos los primos: dos hombres y cuatro mujeres. La mayor era Catalina, quien tenía 17 años en ese tiempo. Después venía otra mujer, Elizabeth, quien tenía 13 años. Después venía un hombre, Bastián, quien tenía 11 años. De ahí venía yo junto a otra prima que teníamos la misma edad: 9 años; se llama Eileen. Después venía otra mujer, Jocelyn, quien tenía 7 años. Luego el otro hombre, Esteban, con 6 años. Y por último la prima más pequeña, Josefina, con 3 años. Obviamente, ahí viene mi hermano con 2 años recién cumplidos. Mi comportamiento también era el mismo con ellos. La prima mayor hacía de las suyas con los mayores. Los primos de 13, 11, 9, 7 y 6 años jugaban entre ellos. Josefina era una dormilona y mi hermano era demasiado chico. Me invitaban a jugar con el grupito de cinco primos, pero no quería. Me daba cuenta de que mis padres me veían raro. No me importaba. En ese tiempo aún estaba con el “pequeño trauma” que me dejó “La Traicionera” junto con Francisco y “El Polo”. No estaba para nada arrepentido de no haber conocido a la otra chica que quería ser mi “amiga”. No estaba arrepentido de jugar con mis primos, por temor a vivir una nueva humillación. Esta vez en el peor de los casos… con la estúpida familia. Familia que, aparte de reírse de mí, les importaría un comino mi humillación, a excepción de los padres de Jocelyn y Esteban, a quienes les llamaba y aún les llamo “Los Delicados”.

Catalina: vivía en su mundo de “casi adulta”. Elizabeth: vivía su propio mundo de dibujante. Bastián: vivía su mundo de dinosaurios y le llamaba la atención la música. Eileen: una niña curiosa que no la estudié muy bien en ese tiempo, aunque siempre me sonreía cada vez que cruzábamos miradas. Jocelyn: una niña muy juguetona en ese tiempo que pasaría a ser una real loquilla. Esteban: un niño que es muy cercano a su madre; “mamón” le decimos… también le fascina mucho los videojuegos. Josefina: la dormilona, pero cuando despierta, se siente la bulla de sus gritos y risas por todos lados.

Así eran mis primos. Cada uno con ideas diferentes. Ninguno compartía pensamientos iguales conmigo, aunque Eileen me parecía muy curiosa. Por alguna razón yo era tímido con ella y ella conmigo. Para mí y Bastián era, y creo que lo sigue siendo, la prima más bonita de todas. Todos los pensamientos de mis primos eran distintos. Yo vivía en un mundo realmente desigual al que tienen los demás, lamentablemente. Nadie podía llegar a compartir pensamientos conmigo. El único que podía comprender mi situación y quien yo le podría llamar “sabio” era al hermano de mi abuela. Él era el único.

El cumpleaños pasó. La navidad también. Se vino el año nuevo y fiestas por todos lados. Nuevamente llegaron los primos y sus padres. Algunos venían con carnes. Otros venían con bebidas de fantasía y otras alcohólicas para los adultos. La prima mayor, Catalina, era la única prima que bebía de esas bebidas alcohólicas. Yo podía ver y darme cuenta como mi prima Eileen seguía mirándome a ratos, como queriendo decirme algo. Algo me decía que tenía miedo de hablarme. Como siempre, Eileen y los otros chicos comenzaron a jugar. Esta vez se incluyó Josefina. Mi hermano estaba en su mesa chiquita de comedor. Era lo bastante chico para jugar con los demás. No me extrañaba que Josefina tuviera energía para jugar, pues cumpliría los 4 años en enero del próximo año. Lo que sí me extrañaba eran las continuas miradas de Eileen. Me sentía raro. Me sentía presionado. Sentía que tenía una sicópata detrás de mí. Mientras ella jugaba, aprovechaba de mirarme. Yo estaba sentado arriba de un árbol, pero ella pareciera la única persona que supiera de mi presencia en el árbol. Cuando se estaba oscureciendo y el asado se estaba recién haciendo en el patio, no sentí más los gritos de mis primos. Supuse que jugaban ya en la casa. Hacía algo de frío. Iba a bajar, pero, sin embargo, Eileen llega al árbol. Interrumpió mi bajada, pero ella me dijo:

- No tengas miedo, Brett. Baja ya del árbol.

Le hice caso y bajé con cuidado. Finalmente, bajé y ella me recibió con una sonrisa. Tenía una voz muy dulce. Era muy diferente a las voces que escuchaba en el colegio o de mis otros primos. Su sonrisa que sacó al mirarme la hizo más bonita de lo que estaba. Es entonces que yo también le sonreí. Eileen era la única que me ha dicho “tengas”. Todos dicen “tengai”, pero ella dijo la palabra correctamente.

- ¿Qué hacías en el árbol?

Sus palabras resonaban en lo profundo de mis oídos. No le pude responder. Solo quedé mirándola mientras ella ya no me miraba muy sonriente. Al cabo de unos segundos, ella volvió a sonreír y rió un poco. Me dijo que caminemos un rato en el patio, ya que no le gustaba estar con mucha gente. ¡Eso era algo que también no me gustaba! Gracias a eso, me di cuenta que la forma de pensar de Eileen era parecida al que tenía. Decidí estar con ella y conversar para conocernos mejor.

Mientras conversábamos, me daba cuenta de que yo y ella teníamos muchas similitudes. Los dos no teníamos amigos en el colegio. Los dos hemos sido humillados en el colegio. Tenemos un punto de vista al mundo muy parecido. Sin embargo, el tema de los padres es diferente. Sus padres son muy diferentes a los míos. Qué lástima para mí. Al menos a ella la cuidaban y le daban cariño de verdad. Eso me tranquilizó. Al cabo de un rato, los dos decidimos jugar a las escondidas. Como era de noche, nos dábamos uno que otro susto o no nos encontrábamos por largos ratos. Lo pasamos genial. ¡Al fin tenía una verdadera amiga! Aunque era mi prima, la consideraba una amiga.

Aquella noche lo pasamos muy bien entre los dos. Conversábamos y jugábamos. Nos divertíamos haciendo ambas cosas, respectivamente. En más de una ocasión, mis padres y los padres de Eileen nos miraban llamándoles la atención por nuestra gran unión que surgió de un momento a otro. Eileen era hija única, quizás por eso la querían y cuidaban tanto. Aún lo siguen haciendo. Esteban y Jocelyn son hermanos. Bastián es hijo único. Elizabeth, Catalina y Josefina son hermanas. En esa misma noche, a esa hora de las tres de la madrugada, Josefina estaba durmiendo, al igual que Mateo, mi hermano. A Esteban le estaba entrando el sueño, al igual que su hermana. Bastián y Elizabeth hacían de las suyas jugando entre los dos. Catalina se veía “algo” mareada. Y aislados de todos estaba Eileen y yo conversando en el oscuro patio. Había frío, pero estábamos abrigados. Hablábamos de nuestras crudas humillaciones en el colegio. Antes de que el padre de Bastián nos vea, Eileen le entró algo de sueño y se echó en mi brazo izquierdo. Yo la miraba de reojo y nervioso. Nunca antes tuve contacto físico de esa forma con una niña. Yo veía como pestañeaba con unos ojos realmente cansados. En fin, luego llegó nuestro tío y nos entró. Yo y Eileen nos sentamos en un sofá del comedor, hasta que a esa hora de las cuatro de la madrugada, ella no habló más. Estábamos tendido en el sofá y no hablábamos de hace unos minutos. Le hablé un poco pero no respondía. Así que decidí verla y estaba ahí, con sus ojos bien cerrados. Busqué algo. La tapé con cuidado, sin despertarla, y fue donde comencé a aburrirme. Me entró sueño. Después de eso, solo recuerdo que amanecí al otro día y solo estaba la familia de siempre.

Días después los primos volvieron a la visita. Esta vez vimos vídeos y fotografías de nosotros en la fiesta. En una de las partes finales del vídeo, me pude ver dormido junto a Eileen en el sofá que me senté con ella aquella noche. También había una fotografía que me veía durmiendo. Yo con Eileen reíamos solo en nuestras escenas y en una fotografía donde aparecía Catalina tirada en el suelo. O en una parte del vídeo donde Bastián y Elizabeth molestaban al hermano de mi abuela que se encontraba algo borracho. Esa noche fue increíble para la familia completa, después de todo. Eileen y yo las arreglamos para pasarlo bien aquella noche. Finalmente, no pude ver a mi prima favorita hasta el día de mi cumpleaños Nº 10. En todo ese tiempo que transcurrió sin verla, la extrañé. Aunque no la conociera perfectamente, igual la extrañé.

El día de mi cumpleaños Nº 10 fue espectacular. Por primera vez interactué con más primos que de costumbre. Sin embargo, yo y Elizabeth no coincidíamos mucho, por lo que no nos llevamos muy bien… aún así, fue un día perfecto. Podía ver como Eileen estaba realmente feliz al ver que yo me sentía libre. Por alguna extraña razón, mis padres se veían algo preocupados desde aquel día. Dejaron de preocuparse hasta que pasó algo maravilloso e increíble para todo el mundo en un día de ese mismo año. Al tener ya mis diez años de edad, ocurrió algo que jamás olvidaré. Algo muy difícil que le ocurra a otra persona de este mundo extraño, duro y cruel. Es un suceso maravilloso y que ni siquiera ustedes podrían creer al verlo con sus propios ojos.

Continuará

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