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Vendetta/Capítulo 03: Una Nueva Compañía

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Vendetta/Capítulo 03: Una Nueva CompañíaEditar

Vendetta - 03.png

¡Feliz 18!Editar

Me fui corriendo hacia el querido rancho, donde estaría esperándome enojado el querido Talon, esperándome también la querida Malon y el querido Ingo. Pasé por el mismo camino recorrido con el carruaje. No sé como me memoricé tan fácilmente el camino. Cayó la noche y llegué al rancho. Entré a la querida casa y ahí estaba Talon comiendo, junto a Malon e Ingo.

- ¿Dónde te habías metido? – me dijo Talon algo enojado.
- P-perdón… - le contesté nervioso.

Ingo y Malon no me quitaban el ojo, mirándome con algo de extrañeza. Yo me daba cuenta de sus miradas. No entendía el porqué me miraban tanto. En la casa del rancho o cualquier otro lugar del rancho y Hyrule, que había visitado por ahora, no había espejos. No sabía como me veía. No sé si me veía de la misma forma que en el mundo cruel o distinto. Quería saber. Cuando estaban todos ya durmiendo, Malon estaba cuidando a los caballos. Fui donde ella para pedirle un espejo. Desgraciadamente no tenía nada. Es más, me confesó que nunca se ha peinado en su vida. Le sonreí. Conversamos un poco y fuimos a dormir en nuestras respectivas camas. Antes de dormir me acordé de Eileen. ¿Qué será de ella?

Al amanecer del otro día, estaba totalmente decidido de regresar al mundo en donde me crié. No solo porque tenía que volver, sino que quería ver a mi prima favorita, también. Así que desayuné, me despedí de los granjeros y me fui a pie al portal. No sé… me sentía raro. Me sentía con el cuerpo extraño. Un poco diferente a lo habitual. Me describiré como soy para que me conozcan algo más: era un niño de diez años; tenía (aún lo tengo) el pelo era castaño oscuro y largo; no recuerdo mi estatura y peso, pero era delgado y alto en comparación con los “compañeros” de clase; tenía los ojos de un color marrón y verde; tenía la nariz puntiaguda; bueno… todo lo demás eran rasgos humanos. Yo era humano. Me sentía como un humano. Actuaba como un humano. ¿Cómo una persona como yo podía estar en un mundo como Hyrule? Todos tenían orejas largas. Tenían un idioma distinto, aunque algunos conocían el castellano. Eran mucho más altos que los humanos. Los niños de mi edad eran más altos que yo. No entiendo, pero me siento bien. Satisfecho al estar lejos de todos. A excepción de Eileen…

Llegué al famoso portal azul. Antes de entrar en éste quedé parado. Quedé mirando el portal. ¿Entro o no? ¿Vuelvo a la “querida” vida o lo sigo pasando “bien” aquí? Estas preguntas pasaron por mi mente al estar mirando tal portal que solo aparecía cuando yo estaba cerca desde un punto específico de Hyrule. ¿Les dije en qué lugar estaba el portal? O sea, ¿en qué región? Pues, está en Farone. Cerca de Latoan, para que vayan entendiendo mejor. Me dieron ganas de visitar el tal Ordon, un pueblo ubicado en Latoan. También me dieron ganas de ir a la ciudadela. Aunque… luego llegó Eileen en mi mente. Recordé que quería verla. Al recordarla me dejé llevar al portal y, de pronto, ya estaba en el Parque Cuarto Centenario.

Regresé a casa desganado. La familia solo me decía “hola” y nada más. Recordé que en pocos días le tocaba ir a reunión a mi madre. Vería las notas/calificaciones parciales. Sí… ya me esperaba lo peor. Quedaba poco para las fiestas patrias de septiembre. Quedaba poco para ver a Eileen. ¡Al fin la podré ver! Llamadas para organizar la fiesta comenzaban a llegar seguidamente. Los preparativos y adornos comenzaban a salir de su guardado por un año. Se pensaba el tipo de carne que iban a comprar. Preparaban el disco y todo lo demás para la parrilla. Había lluvia, pero se esperaba sol para el 18 y 19 de septiembre. Había sonrisas y felicidad. Yo solo me aislaba de todo. Yo era el único que no sacaba una sonrisa. Aunque debo confesar que estaba contento por ver a Eileen.

Dos días antes de celebrar las fiestas patrias el 18 de septiembre, mi madre llegó enfurecida por las calificaciones que llevaba en el colegio. Me dejó sin salida en mi cuarto. Cerró la puerta para que nadie entre. Me protegí con las sábanas mientras recibía golpes y escuchaba uno que otro insulto de mi madre a gritos. “¿¡¡¡Por qué mierda llevai éstas notas tan bajas, hueón!!!? ¡¡¡Flojo de mierda!!! ¡¡¡Dedícate a estudiar mejor, cabro de porquería, en vez de que estí webeando en ese “otro mundo” tan ahueonao!!! ¡Cabro hueón nomá…!”; gritos como estos los escuchaba mezclados con golpes que sentía por todo mi cuerpo. Cuando las aguas se calmaron, literalmente, se escuchó a mi madre salir de la habitación dando un portazo muy fuerte. Yo me quedé tapado debajo de las sábanas sin llorar esperando a que caiga la noche y dormir. Al siguiente día no fui al colegio por decisión de mi madre. Nada raro sucedió ese día, solo recuerdo que por suerte mi abuela me habló para servirme el almuerzo y la cena. Nada más.

Llegó el 18 de septiembre. Llegó el día tan esperado. ¡Llegó el día en que vería a Eileen! No me importaba la fiesta ni celebración, me importaba Eileen. A esas horas de las cuatro de la tarde comenzaron a llegar los primos. Primero llegó la familia de Bastián. Luego llegó la familia de las tres hermanas: Catalina, Elizabeth y Josefina. Luego llegó la de Eileen. La saludé con abrazo y todo. Al final, a esa hora de las seis, llegaron los últimos: Esteban y Jocelyn. Estaba todo listo. Los padres se encargaban del asado en el patio; las madres con las ensaladas, aliños y todo eso; mientras que los niños solo se divertían. Mi hermano, Mateo, comenzó a juntarse con Josefina, Esteban y Jocelyn; ellos jugaban en la sala de estar. Bastián y Elizabeth hacían de las suyas en el notebook del propio Bastián. Catalina se involucraba con el gran grupo de mujeres en la cocina. Mientras tanto, Eileen y yo estábamos en lo más profundo del patio. Le dije que la extrañaba. Ella me dijo lo mismo. Comencé a hablarle acerca de Hyrule. Al principio pensó que era una especie de broma, pero de a poco comenzó a interesarle más en el tema.

- ¿Es en serio lo que estás diciendo? – me dijo Eileen mientras le hablaba del tema. :- ¿Te-te-tengo cara de payaso? – le respondí sarcásticamente.
- ¡Me encantaría estar contigo en ese lugar! – me respondió sonriente.
- Lamentablemente, cr-creo que tú y los demás n-no pueden acceder a e-ese mundo.
- ¿Por qué? – su sonrisa desaparece al decir esto.
- Porque cu-cuando entré por primera vez, yo e-estaba junto a mis padres esperando a ci-cierto portal. Sin embargo, e-ellos no podían verlo. S-solo yo…

Continuó con su rostro de seriedad y agacha la cabeza mirando hacia un lado.

- P-pero…
- No… - me interrumpió bruscamente.

Yo solo la quedé mirando mientras ésta seguía con la mirada hacia abajo. Al cabo de un rato, la situación se comenzaba a poner algo incómoda. Así que, finalmente, decidimos olvidar el tema y jugar un rato en el patio. Los dos, solos. Más tarde, ya en la noche, cenamos todo en familia. Eileen no comió nada. Solo jugaba con su pedazo de carne y las papas doradas que le dejaron. Cuando sus padres vieron que no comía nada, decidieron dejarla ir entre sonrisas. Aunque Eileen no sonreía. Yo no podía retirarme. Tenía que comer obligatoriamente. Si comenzaba a jugar con la comida, mis padres me quedarían mirando a ratos hasta que uno de los dos me saque de la mesa, me lleve al patio y me rete a gritos. No tenía elección. Tuve que comer obligado. Para remate, me sirvieron una bebida de fantasía que no me gustaba. Hasta ese momento todo el día había sido una mierda, a excepción del reencuentro entre Eileen y yo. Ya después de las doce de la noche, cuando los adultos estaban bailando y los primos andaban enérgicos, Eileen me invitó a que salgamos al patio para conversar. Allí, ella me contó hechos que le sucedieron en el colegio: una compañera de su clase la golpeó; una chica mayor que Eileen también; la humillaron en el baño; le levantaban la falda delante de los varones; la insultaban y ponían apodos. También me contó unas cuantas cosas más que no recuerdo. Su madre fue a reclamar al colegio, pero las cosas solo empeoraron. La misma compañera de clases que la golpeó, le dio una gran paliza a Eileen en el baño cuando todos se habían ido. La golpeó en las costillas, en el estómago, tórax e incluso en las partes débiles femeninos. ¡Maldita zorra! Tal zorra se llamaba Estrella. ¿Estrella? Por favor, ¿un nombre como ese? Me cago en su nombre.

Eileen terminó llorando en mis brazos. Quería desaparecer del mundo, algo que yo podía hacer fácilmente. Deseaba estar conmigo en Hyrule y vivir ahí conmigo para siempre. Si pudiera entrar con ella… ¡por supuesto que cumplo su deseo! Yo estaba en este estúpido mundo solo por Eileen. Yo creo que si no hubiera conocido a Eileen en el año nuevo y en mi cumpleaños, ella no estaría llorando en mis brazos aquella noche. Estaría jugando con mis primos o intentando olvidar todo lo sucedido. Por suerte, solo por suerte, los padres de Eileen son buenos y no le hacen daño. Me gustaría tener padres como las que tiene ella. Si su hija estaba en problemas, ellos ahí estaban para acudir a la emergencia o reclamo. Volviendo al tema, Eileen y yo, después de que ésta seque sus lágrimas y se sienta algo mejor al haber desahogado todo conmigo, regresamos a la casa, ya que comenzaba a hacer frío. Dentro estaba calentito. Bastián y Elizabeth no se aburrían de estar juntos, al igual que yo con Eileen. Mateo estaba algo cansado y quería dormir. Josefina jugaba un rato con Catalina. Los otros dos hermanos decidieron ver a Eileen y a mí.

- ¿Lo están pasando bien? – preguntó Jocelyn.
- ¡Sí! – respondió animada Eileen.

Los tres primos quedaron esperando mi respuesta. No había oído la pregunta al principio, así que no sabía qué decir.

- ¿Qué?
- Brett, te preguntan que cómo lo estás pasando – me dijo Eileen.
- ¡Ah! Pu-pues… bien, jeje – respondí sacando una risa y sonrisa falsa.

Esteban y Jocelyn sonrieron y me llevaron, junto a Eileen, a la sala de estar. La música se escuchaba muy fuerte, más fuerte del volumen que coloca mi padre al escuchar su música. Todos bailaban felices. Algunos bailaban con un vaso lleno de bebida de fantasía mezclado con cerveza o pisco en la mano. Algunos bailaban bien y otros mal. Unos tres hacían el ridículo. La sala de estar era grande, por eso hacían las fiestas en mi casa.

- ¡Hora de molestar! – dijo Esteban saltando enérgico.
- ¿Molestar? – le respondió Eileen.
- ¡Siii! Ahora te voy a decir las reglas del juego – agregó Esteban.

Ellos seguían conversando, pero no les tomaba atención. Yo solo veía a la gente bailar como si no hubiera un mañana. Pensaba el porqué todos lo pasan bien y yo no. ¿Por qué mis primos son tan enérgicos y yo no? ¿Por qué Eileen, a pesar de todos sus problemas, es tan sociable y mucho más enérgica que yo? No entiendo… tenemos casi los mismos tipos de problemas, pero me doy cuenta que soy totalmente diferente en personalidad a mi prima favorita. ¿Será por la diferencia de cariño de los padres? Tal vez sea eso… tal vez la falta de amor paterno y materno sea lo que me falta. Mientras estaba perdido en mis pensamientos, la voz de mis tres primos que me acompañaban resuenan.

- ¿Q-qué cosa quieren? – respondí algo alterado.
- ¿Vas a jugar o no? – me dijo Esteban.

Las miradas de los tres me presionaban. Finalmente, decidí en responde con un “No”. Además, ni siquiera sabía las reglas del juego. Ni tenía ganas de jugar. Los tres se dirigen donde los adultos. Eileen, antes de alejarse totalmente, da una pequeña media vuelta y solo me queda mirando con un rostro compasivo. Yo no quería que tengan compasión conmigo. No le sonreí ni me enojé. Solo quedé con rostro serio y me largué de ahí. Fui a mi habitación. No quería estar con personas en mí alrededor. Me sentía solo. Sentía que Eileen me traicionaba con mis primos. Sentía que ella prefería a los demás, incluso a los adultos, que a mí. Que incluso prefería a la zorra que la golpeó que a mí. Hasta llegaba a sentir que prefería quedarse en ese mundo de mierda que conmigo a Hyrule. En un acto de rabia con mis propios pensamientos, desordené toda la cama que había sido ordenada por mi abuela en la tarde antes de la llegada de los primos. Luego me recosté en ella y comencé a llorar.

Mucho más tarde, cuando las lágrimas ya estaban secas, sentí las escaleras. Luego sentí la puerta de mi habitación abriéndose. De entre ella apareció Eileen.

- ¿Qué haces aquí, Brett? – me preguntó enojada.
- Esa pregunta t-te la debo hacer yo – le respondí sin siquiera mirarla.
- Baja.
- ¿Por qué?
- Te lo pido.
- Más parece u-una orden que una pe-petición.
- Pero ahora te lo estoy pidiendo. Por favor…

Levanté la mirada hacia ella y le dije que me deje solo. Dejé de mirarla para ver el techo una vez más. Ella se quedó parada ahí un instante. Al rato decidió irse, cerrando fuertemente la puerta. Yo solo quedé mirando el techo escuchando el ruido de las escaleras. Más tarde sentía las despedidas de los primos. Así que decidí colocarme el pijama y dormir de una vez. No recuerdo quien era y la voz… sí recuerdo que una chica fue a despedirse de mí; tal vez sea una prima o una mujer adulta con voz dulce, o simplemente Eileen.

Pasaban los días y cada vez me sentía más solo. Eileen… me comporté como un niño al no acompañarla cuando me invitó a bajar al primer piso aquel 18 de septiembre. Bueno, era un niño. Pero me comporté como un niño aún más menor. Como de un niño que no piensa. Y bien… pasaba el tiempo. Corrían los años hasta llegar al año en que cumplí trece años de edad. Creo que a partir de aquí continuaré mi historia… sí, desde aquellos años. Al finalizar los diez, tener once y doce años, solo sucedían casos iguales a los de siempre: golpes, gritos, humillaciones, risas burlonas, etcétera. Para qué decir más, ustedes saben. Les debo recalcar que en ese año, cuando tenía diez, no reprobé el quinto básico. Es más, cuando cumplí los trece años ya estaba en Octavo Básico. Por lo tanto, si pasaba de curso aquel año, accedía al liceo. ¿Saben de lo que hablo? Pues, revisen el capítulo 01 y sabrán lo que les digo. Bueno… creo que dejaré a un lado por un rato toda violencia, soledad y bla bla. Contaré lo sucesos que pasaron con aquel chico nuevo del colegio. Aquel chico que llamaba la atención de todas las chicas y que muchas veces me protegió. Y aquel otro chico que me iba cagando más la vida.

Todo comienza con el inicio de clases en abril. A esa edad, o sea a los trece, ya dejé de tartamudear. No lo hacía. ¡Al fin! Un problema menos. Sin embargo, los golpes y humillaciones continuaban y continuaban. Al principio de abril, la profesora jefe del curso llegó con una nueva noticia: había compañero nuevo. Todo el curso comentaba acerca del chico nuevo. Las chicas murmuraban entre ellas diciendo qué tan guapo será aquel compañero. En tanto, los varones se hablaban para decidirse si molestarían al nuevo o no; la mayoría optó por un sí.

- Espero que lo reciban como debe ser – decía la profesora – y que sean amigos de él. ¡Pasa! No seas tímido.

El nuevo alumno apareció caminando nervioso hacia la profesora. Echó una pequeña mirada a los alumnos de la clase, pero luego solo volvió la mirada hacia la profesora. Estaba nervioso, se notaba. Varios murmullos se escuchaban por toda la sala. Las chicas sonreían y reían coquetas al estar cotilleando.

- Preséntate, muchacho – dijo la profesora sonriente al nuevo alumno.

El joven respira profundo, quitando los nervios, y comienza a hablarle mirando a todos los alumnos. Comenzó a presentarse:

- Buenos días, compañeros. Mi nombre es Xavier, pero me gustan que me llamen Xavi. Vengo de España, tengo trece años de edad y espero que nos llevemos bien.

Xavier habló y terminó con una sonrisa, muy nerviosa. Todos aplaudían, menos yo. A esas alturas de la vida casi nada me importaba. Además, Eileen se alejaba cada vez más de mí. Se juntaba más con Bastián. En tanto, Elizabeth comenzó a juntarse con su hermana mayor, Catalina. Jocelyn, Esteban, Josefina y Mateo se divertían entre ellos cuatro. Yo era el aislado. El apartado de todos. Pero va, me daba lo mismo. ¡Regresando! Después de los aplausos, risas coquetas de chicas se escuchaban más aún que antes, mientras que los varones miraban a Xavier con sonrisas “siniestras”. Sabía que al recreo ya lo molestarían.

- Muy bien, Xavier. Puedes sentarte.
- ¿En dónde me siento, maestra? – respondió el muchacho mostrando el nervioso rostro hacia su profesora nueva.

La profesora miró por toda la sala de clases hasta que vio un puesto vacío al lado mío. Así que mi nuevo compañero se sentó al lado mío. Caminó hacia mi puesto con una sonrisa ya no tan nerviosa hacia mí, pero yo ni caso. Yo solo mostraba un rostro serio y sin ganas de hacer algo. Menos de conversar con un desconocido. Escuché la silla de al lado moverse y la aparición del nuevo compañero. Ni siquiera lo miré. Solo escuchaba los sonidos que emitía sus cosas de colegio. Después todo se silenció cuando la profesora comenzó con la clase. Era lunes, por lo que había “consejo de curso”. ¿Consejo de curso? Por favor, a lo único que se dedicaban eran a conversar y algunos hacer desorden. En algún momento, los compañeros de adelante se dieron vuelta para conversar con Xavier. Los tres hablaban cordialmente. También veía las múltiples miradas que llegaban a mi compañero de puesto. La mayoría eran de chicas. En algún momento, los tres pararon de conversar.

- ¿Y tú, compañero?

La voz resonó en mi oído derecho. Era la voz de Xavier. Dejé mis pensamientos para mirarlo y hablarle.

- ¿Qué cosa? – le respondí sin ánimo.
- ¿Cuál es tu nombre? – me dijo sonriente.
- Brett.
- ¿Brett? Qué guay.

No entendí la palabra “guay”, pero no le pregunté qué significaba. En ese momento no quería tener ni amigos. No le respondí. Entonces dejé de mirarlo para ver la espalda del compañero de adelante.

- Y… - interrumpiendo el pequeño silencio producido - ¿tu edad es 13?
- Sí – aún mirando al compañero de adelante.
- Lo suponía.

Yo ni siquiera sonreía. Solo contestaba las preguntas de este muchacho. Estaba sin ánimo alguno. Él me preguntó: “¿Qué te gusta hacer?”; yo le respondí “Nada”. Es entonces cuando sentí que este dejó de mirarme, no inmediatamente. Al rato llegaron compañeras del curso para hablarle. Tocó el timbre para el recreo. Yo fui el último en quedar en la sala. Xavier se percató de esto y fue en mi busca.

- ¡Hey! No es buena idea de que estés solo aquí – me dijo Xavier simpáticamente.
- No quiero salir – le respondí sin ganas.

El compañero nuevo iba a decir algo más, pero los gritos de los otros compañeros le decían que salga de una vez. Xavier decide ir al patio y yo quedo solo en la sala. Ahí estuve todo el día. Solo salí cuando tocó el último timbre, el timbre para salir de clases. Decidí volver a la casa y no a Hyrule. Días después iría a ese mundo. Por la noche comencé a pensar en mi actitud con Xavier. No era una mala persona. No tenía la apariencia de un bravucón. Es más, se veía totalmente contrario a ese tipo de personas. Así que al otro día me levanté decidido en ser una buena persona con él.

Día martes. Decidido para conocer mejor a Xavier. Decidido a tener una amistad alguna vez en mi vida. No considero una amistad lo que tuve (o tenía) con Eileen, más bien lo considero cariño y cercanía entre primos. Al comienzo del día, Xavier ya estaba siendo conocido por las chicas de la clase. Claro, ¿les gustaba porque era más “guapo”? ¿También porque venía de otro país? Ja-ja. Al tocar el timbre para la clase, Xavier y yo nos sentamos en el mismo lugar. La profesora llegaba con su típica sonrisa de todos los días. Después de saludarla, llegó nuevamente con la información del día anterior: ¡otro compañero nuevo! ¡Qué diablos! ¿Esta será la semana de los alumnos nuevos o qué? La profesora invitó al compañero nuevo. Este era más bajo pero aparentaba un físico estable y menor, normal de alguien de trece años.

- Hola – comienza presentándose sacando una sonrisa a todos sus nuevos compañeros -. Me llamo Carlos, tengo trece años. Soy de Rahue Alto y vengo desde el colegio Leonila Folch.

Todos aplaudieron, excepto yo. Las chicas volvían a murmullar entre ellas y chillar. La profesora invitó a Carlos sentarse junto a Francisco. La compañera de asiento de él no fue ese día. Yo me daba cuenta de que el nuevo compañero se llevó bien con Francisco desde que comenzaron a hablar. La profesora comenzó a explicar la clase de matemáticas. Cuando dio ejercicios para desarrollar, aproveché de conversar con Xavier.

- ¿Qué tal, Xavier? – iniciando la conversación.
- ¡Hola Brett! – me respondió sonriente dejando el lápiz y goma de borrar.
- Perdón por ser tan pesado contigo ayer…
- No te preocupes. Seguro que más de uno tiene un día malo y sin ánimo, jeje. ¡Y recuerda que no me gusta mucho que me llamen por mi nombre! Llámame Xavi.

“Un día malo”… ¿solo un día malo? Si supiera que todos mis días son pésimos y asquerosos… “Xavi”; así quería que le dijera. Él y yo continuamos en conversación, mientras que Carlos hacía lo mismo con Francisco y el grupo de éste. Mi compañero de asiento me cayó bien. Sabía que no era un mal tipo. Luego tocó el timbre para el recreo. Xavi y yo salimos al patio y conversamos. Nos conocimos mejor. Me contó lo que hacía en España y todo. Aún era muy pronto de contarle mis problemas y me creería loco si le cuento lo de Hyrule, así que le decía que tenía una vida común y corriente. Me costaba mentir. Costaba decirle que tenía una vida buena sabiendo que tenía una de mierda. Un asco de vida. Ni siquiera le decía que yo era molestado y golpeado por los propios compañeros de clases. Mucho menos que había violencia intrafamiliar.

Olvidé contarles que las aguas en la casa están cada vez más turbias… los únicos golpes recibidos ya no son solo para mí, sino que también para mi madre por parte de mi padre. La razón de esto era que mi madre quería irse de la casa, pero mi padre no la dejaba. Ella insistía, discutían y terminaban en golpes. Es una pena, sí, más que ellos disimulen completo amor delante de mi hermano y yo en el día. ¡Claro! Por el día besos, ternura, abrazos y perfecta convivencia. Pero por la noche… es un caos en la habitación de ellos: “¡Maldita zorra malparida!”, “¿¡Por qué no te vas a acostarte con el maricón ese!?”, “¡¡¡Vete de la casa mejor, maldita perra!!!”… gritos como esos se escuchaban por parte de mi padre aquellas noches. Eso no es todo; mi madre ya no es quien me golpea en los castigos y malas notas. Ahora es el padre. No había tanto daño por parte de él. Ya estaba acostumbrándome a los golpes de los compañeros y los antiguos golpes de la madre. También a los insultos. Ya tenía la vida echa una basura, así que los insultos ya me estaban haciendo reír, literalmente.

Volviendo a lo anterior, Xavi y yo nos llevamos muy bien. Los temas que él me contaba de su familia y amigos españoles eran bastante diferentes. Yo solo iba inventando alguna que otra mentira. No sé el porqué, pero a veces sentía que él sabía que yo estaba mintiendo. Que él me dejaba mentir a propósito. Bueno, tal vez estaba equivocado, lo más probable. La razón era simple: ya me estaba volviendo loco. El día fue tranquilo. Habían pasado dos días en que no me habían molestado. Ya estaba siendo raro. ¿Será por los compañeros nuevos? Carlos estaba muy involucrado con el “grupo jodedor”. El famoso grupo de Francisco. Éramos como veinte varones; de esos veinte unos nueve eran del grupo. Tenía el presentimiento de que Carlos me molestaría en algún futuro. Lamentablemente no estaba equivocado…

Pasaron las semanas. Aún no había ido a Hyrule. Yo ni cuenta me daba que ese mundo aún no había sido visitado por mí. Pero ese no es el tema para éste párrafo. No. Es un tema que ya han leído anteriormente. Repito: pasaron las semanas. Carlos ya se hacía amigo de Francisco, por lo que se incluyó en el grupo de éste. Jugaban fútbol y todo. Un día martes, cuando estábamos en el último recreo, o sea el de la tarde (15:20 a 15:30), Xavi había sido invitado para conversar con una chica de Séptimo Básico, por lo que quedé solo. Todo bien, hasta que fui al baño por fuertes ganas de orinar. Al terminar y lavarme las manos, llega el grupo de Francisco, donde se incluía Carlos.

- ¡Qué tenemos aquí! – exclamó Francisco.
- ¡Pero si es nuestro “querido” emo del curso! – exclamó riendo y burlón “El Polo”.
- ¿Ese es Brett? – preguntó Carlos a Francisco.
- Sí, ese hueón es.

Carlos quitó la mirada a Francisco para mirarme. Entonces, éste sacó una mirada siniestra. Yo me preparaba para las burlas y golpes.

- Así que tú erí el pendejo que se deja pegar – me dijo Carlos acercándose a mí.
- ¡Hácele lo que se te de la gana, hueón! – exclamó Francisco a Carlos.

Mi “nuevo enemigo” le hizo una seña a su “líder”.

- Yo no me dejo golpear – le dije -. Tú y tu manada de abusivos son los que se aprovechan de mi debilidad.

Carlos solo me quedó mirando serio. Los demás comenzaban a exclamar diciendo “Pégale”. Carlos sonrió diciendo: “Nosotros no abusamos de ti. Ya es hora de que aprendas a defenderte”. Es entonces cuando recibí un puñetazo en el estómago. Quedé casi sin aire. Entonces, Carlos me da un golpe en la espalda y me deja tirado en el suelo. Sentí los gritos ya casi de victoria del grupo de Francisco. Aún se escuchaba alguno que otro “Pégale”. “Levántate y pelea, debilucho”; eso me dijo Carlos cuando estaba en el suelo. Me levanté lentamente. Éste me intenta dar un nuevo puñetazo en el estómago, pero yo lo detuve y le di uno entre la mejilla y nariz. El grupo queda en silencio. Carlos se toca la nariz y nota su sangre. Éste me mira siniestramente y sonriendo.

- Nada mal – me dice limpiando la sangre de su mano en la ropa -. Ahora vai a ver lo que es bueno.

Carlos carga hacia mí. Lo intenté detener, pero éste logra empujarme hacia atrás, haciendo que choque con el lavabo. Me dejó en una posición donde éste aprovecharía fácilmente dar golpes en el rostro. Entonces usa esa habilidad. Sentí golpes fuertes en la nariz, ojo izquierdo, un dolor en la muela… intentaba darle una patada, pero ya estaba débil. Entonces, Francisco va donde Carlos para detenerlo.

- Ya es suficiente, Carlos – le dice Francisco -. Guarda energías para mañana u otro día.

Francisco sonríe al ver el “talento” de Carlos. Éste, el nuevo enemigo, había agotado energías en los golpes, por lo que estaba cansado. Entonces, Francisco lleva a su grupo junto a Carlos, mientras yo quedé en el suelo con el rostro sangrando. Cuando toca el timbre, sentí que Xavi me había despertado.

- ¿Qué demonios te pasó, Brett? – me preguntó asustado.
- Ca… Carlos… él me golpeó…

Xavi se sorprendió al decirle el nombre del golpeador. Éste me carga y me lleva a enfermería y posteriormente a la oficina del director. Recuerdo que ahí llamaron a mi madre para que me venga a buscar. Ella fue a buscarme, me llevó al hospital y no recuerdo más de aquél día. Cuando estaba recuperado, me saqué una pequeña venda que me dejaron en el lado izquierdo de mi rostro. Al quitarlo completamente, me di cuenta de que Carlos me dejó una herida con profundidad debajo de mi ojo izquierdo. Ahora entendía el porqué me dolía bastante en esa zona… Al otro día, la licencia de descanso ya terminó. Mi familia decidió enviarme al colegio de inmediato. ¿Qué sacaba con reclamar? Con la actitud que tenían era casi imposible que me dejen otro día descansando. Era jueves. Estaba terminando mayo, por lo que llegaría junio. La mitad del año.

Llegué al colegio. Ya todos sabían lo que me había sucedido. Incluso los chicos de los cursos menores me quedaban mirando y algunos riendo. Generalmente, las chicas eran las que colocaban rostro de preocupación. Llegué a la sala de clases. Ahí estaban todos. Xavi estaba conversando con una compañera, pero al verme decidió atenderme.

- ¿Por qué has venido? Aún no estás completamente bien.
- No debo faltar mucho a clases – le contesté -. A mi familia no le agrada que pierda clases.

Xavi mira la gran herida que tenía debajo del ojo izquierdo. Le sorprendió bastante la fuerza que utilizó Carlos conmigo. Al tocar el timbre de las una de la tarde, Xavi y yo nos dirigimos al casino de comida. Había pasta con salsa de tomate y pescado. De postre arroz con leche. Cuando iba a la mesa junto a Xavi, un amigo de “El Polo” me hace una zancadilla, por lo que caigo con la bandeja y todo. Todos reían al ver mi caída. Xavi se percata de esto y enfrenta al amigo de “El Polo”. Cuando se estaban enfrentando, yo aún seguía en el suelo, pero miraba el enfrentamiento. El amigo de “El Polo”, llamado Nicolás, le dio un empujón a Xavi, pero no lo envía lejos. En cambio, Xavi le responde con otro empujón. El empujón fue más fuerte que el de Nicolás, por lo que éste cayó al suelo. Como se sostuvo con la bandeja de comida accidentalmente, su comida le cayó encima. Xavi le dijo que no siga molestando o se las verá con él. Con karma incluido. “El Polo” queda mirando a Xavi algo asustado y con ganas de venganza, al igual que Nicolás. Cuando los dos se van, mi compañero me levanta.

- ¿Estás bien?
- Sí, gracias… fue solo un empujón y una caída, nada grave.

Xavi sonríe al ver que estaba bien. Fui a buscar una nueva bandeja de comida y comimos juntos. Al día siguiente, o sea viernes, nuevamente se vinieron en contra mía. Nicolás le contó todo lo sucedido a Carlos, por lo que éste último decidió vengarse de mí por parte de Nicolás. Cuando salimos de clases, Xavi y yo nos despedimos como siempre. Me dirigí al portal de Hyrule sin sospechar que Carlos venía tras mío. Cuando ya estaba en el parque y cerca del portal, en un lugar casi solitario, Carlos me toma por sorpresa atacándome por detrás.

- Así que tu “amorsito” te ayudó – me dijo en tono vengativo.
- Carlos…
- Claro. Ahora él ya no estará para defenderte… que mal.

Sacó una pequeña risa burlona, mezclado con enojo, y me lanzó lejos. Intenté levantarme, pero éste rápidamente me da una patada en las costillas. Nuevamente intenté levantarme, pero esta vez se lanza contra mí. Me deja mirando hacia el cielo. Es ahí donde éste aprovecha de bloquearme los brazos y ataques de piernas para darme golpes. Carlos comienza a golpearme en el lado derecho, esta vez. Recibo unos cuatro puñetazos, pero cargué todo mi cuerpo para lanzarlo Es ahí donde me levanté rápidamente. Sentía el dolor de los cuatro puñetazos y de la herida del lado izquierdo de mi rostro. Carlos carga contra mí. Yo intenté detenerlo, pero éste fue mucho para mí. Por la fuerza del cuerpo de Carlos caí al suelo. El “nuevo enemigo” aprovecha la ocasión para preparar un fuerte puñetazo en la herida que tengo… si me da el golpe, seguramente lanzaré un grito de dolor realmente fuerte.

Carlos, se lanza hacia mí y me dice: “Tu ‘amorsito’ no debió ayudarte, o no estaría pasando esto… erí muy débil. Me dai pena. Así que mejor no continúo esta pelea… Huena' noche”. Al terminar, Carlos carga el brazo derecho para el puñetazo final en la herida. Seguramente, me daría unos cuantos más para terminar inconsciente. Sin embargo, antes de recibir el puñetazo, Carlos fue empujado bruscamente por otra persona. Era nada más y nada menos que Xavi. ¿Qué hacía él aquí? ¿Se le perdió algo o se me perdió algo a mí? Carlos, enfurecido por no terminar su trabajo, carga contra Xavi, de la misma manera que carga contra mí. Al contrario de lo sucedido conmigo, Xavi logra frenarlo en seco, le hace una llave, deteniendo sus movimientos de ataque, y le dice:

- Al igual que el otro tipo… mucho cuidado con entrometerte con Brett, “amigo”, o te la verás conmigo.
- Jajaja… qué risa me dai tú y tu “noviecito”. Golpéame y anda a consolar a tu amado que te…

Carlos no alcanza a terminar su frase cuando Xavi rompe la llave rápidamente. A continuación, inmediatamente Xavi le da un puñetazo en el estómago, dejándolo sin aire. Luego, mi compañero lo bota en el suelo y le dice algo así: “No pienses mal las cosas, niñato. A mí y a Brett no nos sigas jodiendo con esos temitas de homosexuales, porque más lo pareces tú con el tal Francisco. Ahora vete de una vez”. Entonces, Xavi se aparta, Carlos se levanta rápidamente y sale corriendo del parque. Yo terminé sonriendo, pero caí debilitado. Antes de cerrar los ojos, Xavi había llegado para animarme. No recuerdo más. Solo recuerdo que rato después estaba siendo cargado. Una voz conocida se escuchó:

- No te preocupes. Vas a estar bien, amigo.

Era la voz de Xavi. “Amigo”… por primera vez alguien me dijo “amigo”. Vaya, no me acostumbraba a esa palabra. Me sorprendí, pero al rato… ¡sentí felicidad! Por un momento, todos los malos recuerdos se esfumaron, quedando solo la palabra “amigo” rodeando mi cabeza. Después de sentirme feliz por aquella palabra, aún estando cargado por Xavi llevándome a no sé qué sitio, sonreí y volví a cerrar los ojos.

Continuará

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